jueves, 22 de agosto de 2013
sábado, 17 de agosto de 2013
Feliz día del niño!
EL GRAN CIRCO RODAS
Parado firme y haciendo la cola en la terminal, el niño espera impaciente el colectivo que lo llevará hasta Córdoba. Tiene en la mano el colorido panfleto que le dieron en la calle.
¡ENTRADA GRATIS!
para menores
¡ÚLTIMA FUNCIÓN!
“¿Habrá trapecistas?” Se pregunta “¿Y leones?”
Lleva la cara muy sonriente y bien lavada, el rebelde pelo achatado y una campera atada al cuello.
-Igual, seguro vuelvo con los cachetes ardiendo de tanto reírme de los payasos-
Intentará viajar en el primer asiento, donde le dé el solsito caliente, sin hablar con nadie y aprovechando para aprenderse el camino, “por las dudas”.
No le importa que su hermana no quisiera acompañarlo, él ya tiene ocho años y se siente lo bastante grande, tanto para hacer (por unas monedas) malabares en las esquinas, como para ir solo a la ciudad.
Cuando el polvoriento vehículo llega, le parece enorme.
A su turno extiende el papel y tarda un buen rato en entender que, la entrada al circo, no cubre el pasaje.
Mientras el autobús se aleja, el niño, con la ilusión extendida entre manos, se queda intercalando miradas entre uno y el otro.
© José Luis Beltramino
Parado firme y haciendo la cola en la terminal, el niño espera impaciente el colectivo que lo llevará hasta Córdoba. Tiene en la mano el colorido panfleto que le dieron en la calle.
¡ENTRADA GRATIS!
para menores
¡ÚLTIMA FUNCIÓN!
“¿Habrá trapecistas?” Se pregunta “¿Y leones?”
Lleva la cara muy sonriente y bien lavada, el rebelde pelo achatado y una campera atada al cuello.
-Igual, seguro vuelvo con los cachetes ardiendo de tanto reírme de los payasos-
Intentará viajar en el primer asiento, donde le dé el solsito caliente, sin hablar con nadie y aprovechando para aprenderse el camino, “por las dudas”.
No le importa que su hermana no quisiera acompañarlo, él ya tiene ocho años y se siente lo bastante grande, tanto para hacer (por unas monedas) malabares en las esquinas, como para ir solo a la ciudad.
Cuando el polvoriento vehículo llega, le parece enorme.
A su turno extiende el papel y tarda un buen rato en entender que, la entrada al circo, no cubre el pasaje.
Mientras el autobús se aleja, el niño, con la ilusión extendida entre manos, se queda intercalando miradas entre uno y el otro.
© José Luis Beltramino
miércoles, 14 de agosto de 2013
No me gustan...
No me gustan las manos blancas y húmedas, las pastelerías con luz de neón, los que usan bastón sin estar cojos, los granos de arroz dentro del salero, el helado servido en una copa de metal, los coches con alerones, los pantalones blancos transparentes, los gritos del megáfono en las tómbolas donde se rifan muñecos de peluche, los que soplan en la cuchara de la sopa, las cunetas llenas de papeles y botellas, las vitrinas polvorientas de los bares de carretera que exhiben productos típicos de la región, los tipos que te hablan muy cerca de la cara echándote un aliento fétido, los que salen del restaurante con un palillo en la boca y al pasar junto a tu mesa te dicen; que aproveche, el olor a margarina asada de las cafeterías, el gracioso que cuenta chistes los viernes en las cenas de matrimonios.
El infierno también se compone de minúsculas cosas que a uno no le gustan: los músicos callejeros que utilizan grandes bafles para pedir limosna tocando un bolero, los intelectuales sesentones que todavía usan pantalones vaqueros muy ceñidos, los besos en las mejillas demasiado húmedos, los huesos de aceituna sobre el mantel, chuparse la yema del dedo para pasar la hoja del periódico, los que riñen con el camarero, las cubiertas de los libros con títulos dorados en relieve…
El infierno de cada día también es eso. Manuel Vicent. El País (12-VI- 94)
jOTA.-
El infierno también se compone de minúsculas cosas que a uno no le gustan: los músicos callejeros que utilizan grandes bafles para pedir limosna tocando un bolero, los intelectuales sesentones que todavía usan pantalones vaqueros muy ceñidos, los besos en las mejillas demasiado húmedos, los huesos de aceituna sobre el mantel, chuparse la yema del dedo para pasar la hoja del periódico, los que riñen con el camarero, las cubiertas de los libros con títulos dorados en relieve…
El infierno de cada día también es eso. Manuel Vicent. El País (12-VI- 94)
jOTA.-
lunes, 12 de agosto de 2013
Si pudiera vivir,
nuevamente mi vida.
En la próxima trataría
de cometer más errores.
No intentaría ser tan perfecto
me relajaría más.
Sería más tonto de lo que he sido
de hecho tomaría muy pocas cosas con serenidad.
Sería menos higiénico.
Correría más riesgos, contemplaría más amaneceres.
Subiría mas montañas, nadaría mas ríos.
Iría a más lugares donde nunca he ido.
Comería más helados y menos habas.
Tendría más problemas reales y menos imaginarios.
Yo fui de esas personas que vivió
sensata y prolíficamente
cada minuto de su vida.
Claro que tuve momentos de alegría.
Pero si pudiera volver atrás, trataría de tener solamente
buenos momentos.
Por si no lo saben, de eso esta hecha la vida.
“Solo momentos, no te pierdas el ahora.” ….
Naaaaa!!!!!! jajajajaja Yo nunca fuí así... Muy pocas cosas cambiaría
jOTA.-
MARGINADAS
MARGINADAS
El retumbar del disparo del arma policial, provocó una estrepitosa fuga de las palomas que caminaban por la plaza. La mendiga y la maestra casi al unísono, cayeron al piso abrazando al niño. Por un momento a la primera, le importó más el bienestar del chiquillo, que ser reconocida como madre natural. En cambio la segunda, en su desequilibrada psiquis, pensaba: ¡Mío o de nadie! Prefiriendo la justicia del Rey Salomón.
Unas semanas antes a éste día y durante su diario sobrevivir reciclando desperdicios, Juana había encontrado el dinosaurio, que tiempo atrás, desapareció del hospital junto con su hijo, ella misma le había cosido al peluche una medallita en el tobillo.
Vigiló la casa sospechosa; Identificó a la ladrona; memorizo sus horarios, su rostro e incluso su andar. Una noche pudo ver a su pequeño a través de una ventana. Durante ocho meses lo había podido tener en sus brazos; hacía casi tres años que se lo arrebataron.
Juana esperó a la falsa madre a la salida de misa. El atrio amplifico los gritos que atrajeron al vigilante de turno. La pordiosera sacó un cuchillo y persiguió a la raptora por los canteros de la plaza. El inexperto policía apretó el gatillo. Después de un profundo silencio se lo escuchó al niño llamando a su mamá.
© José Luis Beltramino.
El retumbar del disparo del arma policial, provocó una estrepitosa fuga de las palomas que caminaban por la plaza. La mendiga y la maestra casi al unísono, cayeron al piso abrazando al niño. Por un momento a la primera, le importó más el bienestar del chiquillo, que ser reconocida como madre natural. En cambio la segunda, en su desequilibrada psiquis, pensaba: ¡Mío o de nadie! Prefiriendo la justicia del Rey Salomón.
Unas semanas antes a éste día y durante su diario sobrevivir reciclando desperdicios, Juana había encontrado el dinosaurio, que tiempo atrás, desapareció del hospital junto con su hijo, ella misma le había cosido al peluche una medallita en el tobillo.
Vigiló la casa sospechosa; Identificó a la ladrona; memorizo sus horarios, su rostro e incluso su andar. Una noche pudo ver a su pequeño a través de una ventana. Durante ocho meses lo había podido tener en sus brazos; hacía casi tres años que se lo arrebataron.
Juana esperó a la falsa madre a la salida de misa. El atrio amplifico los gritos que atrajeron al vigilante de turno. La pordiosera sacó un cuchillo y persiguió a la raptora por los canteros de la plaza. El inexperto policía apretó el gatillo. Después de un profundo silencio se lo escuchó al niño llamando a su mamá.
© José Luis Beltramino.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)
